Libro Nadie nos prometió hogar | Yhon Eduar Angulo
En Colombia existen miles de niños, niñas y adolescentes que crecen sin la certeza de un hogar estable. No siempre aparecen en las estadísticas o figuran en los informes institucionales. No siempre tienen un nombre en los registros públicos cuando sus historias comienzan. Sin embargo, existen. Crecen, resisten y muchas veces lo hacen en silencio.
Nadie nos prometió hogar no es únicamente un relato autobiográfico. Es una excusa para hablar del territorio y poner sobre la mesa las características de una estructura social y cultural que necesita ser visibilizada con la crudeza que amerita.
Este libro es la narración de una infancia atravesada por el abandono, la pobreza estructural, la violencia normalizada en algunos entornos familiares, la importancia de las redes de protección y la ausencia parcial del Estado en contextos históricamente marginados como el Pacífico colombiano. Pero también narra la historia de las oportunidades que aparecen cuando la educación, la comunidad y algunas instituciones logran intervenir a tiempo.
Miles de niños, niñas y adolescentes en Colombia han transitado trayectorias similares a las que se relatan en este libro: desplazamientos afectivos, rupturas familiares tempranas, identidades fragmentadas por la ausencia de acompañamiento, ingreso tardío o intermitente al sistema educativo, exposición al trabajo infantil, castigos violentos avalados culturalmente y trayectorias institucionales incompletas dentro del sistema de protección estatal.
Muchas de esas historias nunca llegan a escribirse. Quizá por eso este libro no pretende ser solo una memoria personal, sino también un documento social que utiliza la historia de Yhon Eduar Angulo como el hilo conductor para abrir una conversación frente a temas cruciales.
El relato que el lector encontrará en estas páginas comienza con un abandono. Un gesto cotidiano, aparentemente simple: un padre que deja a su hijo al cuidado de otra persona “por un momento”. Ese instante, que parecía transitorio, se convierte en permanente. A partir de ahí se abre una trayectoria marcada por la búsqueda de pertenencia, la construcción de identidad en condiciones de precariedad y la necesidad temprana de asumir responsabilidades que ningún niño debería cargar.
Sin embargo, reducir esta historia al abandono sería insuficiente. Este libro también narra algo más complejo: la manera en que un niño logra sobrevivir dentro de un entramado social que combina pobreza estructural, racismo histórico, desigualdad territorial y ausencia institucional, pero en el que también existen redes comunitarias de cuidado que funcionan como formas alternativas de protección.
A lo largo del relato aparecen vecinos, docentes, mujeres del barrio, familias extendidas y personas anónimas que, con gestos aparentemente pequeños, sostienen la continuidad de una vida que podría haberse interrumpido muchas veces. Esas personas también hacen parte del sistema de protección, aunque no siempre aparezcan en sus organigramas. Uno de los aportes más importantes de este libro es precisamente ese: mostrar que la protección infantil no es únicamente una función institucional. Es también una responsabilidad social distribuida.
Las páginas que siguen permiten comprender, desde la experiencia vivida, lo que significa crecer sin estabilidad familiar y plantean una pregunta clave que el lector deberá descubrir.
Aquí la educación aparece como una institución transformadora. La escuela no solo funciona como espacio de aprendizaje académico, sino como territorio de protección simbólica, de reconocimiento personal y de construcción de futuro. En contextos donde muchas estructuras fallan, la escuela aparece como uno de los pocos lugares capaces de ofrecer cobijo.
En ese sentido, Nadie nos prometió hogar dialoga directamente con las discusiones actuales sobre egreso del sistema de protección estatal, transición a la vida adulta de jóvenes institucionalizados, trayectorias educativas en contextos de vulnerabilidad y construcción de proyectos de vida en ausencia de redes familiares estables.
Este no es un libro escrito únicamente desde la memoria del niño que fue el autor, sino un libro escrito también desde la voz de un egresado del sistema de protección que ha impulsado iniciativas para aportar a su transformación. Esa voz importa porque durante muchos años las políticas públicas sobre infancia en condición de vulnerabilidad fueron diseñadas sin escuchar suficientemente a sus protagonistas. Esta voz es clave porque las trayectorias posteriores al egreso institucional siguen siendo uno de los momentos más críticos para miles de jóvenes en Colombia y América Latina. Contar estas historias permite comprender que la protección no acaba inmediatamente cuando termina la infancia.
La protección debería continuar en forma de oportunidades para que no se repita el ciclo de pobreza y desigualdad.
A lo largo de estas páginas también aparece otra dimensión fundamental: la construcción de identidad en contextos donde la diferencia suele convertirse en motivo de exclusión. La orientación sexual, las preguntas espirituales, la búsqueda de pertenencia y el deseo de construir un proyecto de vida propio emergen aquí como parte de un proceso complejo que muchos niños, niñas y adolescentes atraviesan en silencio cuando no cuentan con entornos seguros para asumirlo.
Narrar estas experiencias no es un gesto individual por parte del autor. Es un acto político, porque utilizar la propia historia permite ampliar el marco desde el cual entendemos la infancia en condición de vulnerabilidad en Colombia. Este libro se piensa como una herramienta para aportar a esa conversación e interpelar a quienes toman decisiones y diseñan políticas públicas orientadas a la infancia y la familia.
Esta es una invitación a construir condiciones reales para que ningún niño tenga que crecer creyendo que no tiene un lugar en el mundo.


